Thursday, September 21, 2006

Dobles.

Lunes 18. Estoy en una acogedora casita en Pachacamac que nos sirve de locación para la filmación de un comercial. En la entrada se encuentra un pareja de señores junto a una mujer de unos 45 años. Los 3 están cómodamente sentados, disfrutan de la brisa, de la tranquilidad del lugar. Asumo que son los dueños y más tarde me hacen saber que son los dobles del comercial. Ellos deben hacer de comensales en un ficticio restaurant campestre ( en publicidad casi todo es ficticio).

Los llaman a escena y muy profesionalmente encarna su papel. Son serios, concretos, no hablan mucho, no molestan. Luego llaman al modelo principal, es en él que se centra toda la atención, lo que está a su alrededor es simple decorado. El director dice corte, revisamos la escena en el monitor, los modelos se paran y una sonrisa se dibuja en sus caras, hay orgullo, entusiasmo, alegría. Así continúa la filmación y ellos esperan pacientes, siempre en sus sitios. Se paran solo cuando es necesario y al ver nuevamente la escena, la alegría regresa. No se ven a si mismos ven al personaje principal, ellos son los dobles y les pagan para ser objetos de decoración. Maniquíes sacados de la realidad para llenar un espacio, son el florero de la mesa, el cenicero en la repisa, el servilletero del repostero, están a esa altura, solo que en dimensión humana.


¿ Qué mueve a una pareja de jubilados y a una mujer madura a ser dobles de un comercial olvidable?

¿ Qué los impulsa a estar un día entero fuera de sus casas para recibir 20 miserables dólares y un plato de comida?

¿ Qué importancia tiene para ellos ser secundarios en un mundo donde todos quieren ser protagónicos?

Hay algo en la vida de los dobles que va más allá de la plata, de las distacias que hay que recorrer
y el tiempo que hay que esperar. Hay vacío, falta de atención, soledad, despreocupación del resto hacia sus personas. Hay en el fondo lo que todos buscamos, afán de reconocimiento, oídos a la espera del aplauso, hambre de felicitación y recompensa.

Hay una intención de decir, de gritar, casi de perifonear a los 4 vientos: "Aquí estoy, pero no estoy...mírenme como paso desapercibido".

Tuesday, September 19, 2006

El Oso Hormiguero compra ofertas en Wong.

A los 17 años tenía una visión desvirtuada y devaluada de la poesía. Me había quedado con los versos en rima, las cuartetas y el formato clásico que me enseño el colegio.

A los 17 años me preguntaba si existía otra manera de hacerlo. Escribirle al amor o a los lamentos sin rimas ni conjugaciones. Hacer poesía entonces se convertía en una suerte de desafío mezclado de desenfado y rebeldía. A los 17 años solo quieres expresarte y la verdad, hay veces que no encuentras la manera de hacerlo.

Decidí entonces deambular por librerías y hacer mis propias búsquedas. No tenía mentores que me orientaran en estilos literarios ni autores de culto. Y fue mejor así. Nada como pasearte por los estantes y descubrir por accidente o por ayuda divina a escritores que tenían algo que decirte
en ese preciso instante. Bastaba con leer la contratapa, ojear unas cuantas páginas y con una lectura rápida darte cuenta de ese gran hallazgo.

Mi gran hallazgo, sin que nadie me lo recomendara fue un libro de Antonio Cisneros.
"Propios como Ajenos" era una recopilación de sus principales poemas, los cuales habían sido cuidadosamente elegidos por alguien para decirme, que la poesía había renunciado por fin a sus rimas, a su juego de palabras, a su métrica rigurosa. Había ahí poesía libre, historias, amores tristes, ironía infinita, vivencia y desarraigo. Todo estaba ahí, y yo la devoraba sin parar.

Entonces a los 17 años empecé a escribir poesía de la cual ahora prefiero no recordar. Y se sucedieron más libros, más autores, más versos, unos mejores que otros, pero poesía al fin.

Hace unas semanas, ahora ya no con 17, sino con 38 años encima, me encontraba en Wong haciendo esas pequeñas compras que un adulto con hijos pequeños siempre tiene que hacer.
Y ahí estaba él también, intentando ponerse de acuerdo con su esposa entre que clase de champignones comprar. El abogaba por la oferta, ella por la marca. No se quién gano la batalla cotidiana entre el ahorro y el darse un gusto. Importaba que Antonio Cisneros, con su voz aguardientosa, su melena cana y sus arrugas llenas de vida, compraba al igual que yo ofertas en Wong.

Me le quede mirando, convencido que la poesía puede encointrar sus musas en el olimpo o en las góndolas del supermercado.

Wednesday, September 13, 2006

Lecturas.

18, 19, 20. Paro de contar, quedan unos cuantos más pero prefiero parar. 20 son suficientes para darme cuenta de 2 cosas. Tengo una fijación con los libros, los compro casi compulsivamente al igual que los discos, solo que estos últimos a diferencia de los primeros, siempre son piratas.

Lo segundo es que no los estoy leyendo. Tan simple como eso. Veo como se van apilando y me dicen "aquí estamos". Yo abro el closet y esquivo sus miradas. Me da vergüenza recordar que los compre hace mucho tiempo en alguna librería y me tome tiempo para escogerlos uno a uno, como cuando se elige la mejor manzana del puesto. Cuide y disfrute cada detalle, ningún doblez, ninguna mancha, páginas completas, carátula impecable y ese olor a nuevo que solo la tinta y el papel virgen pueden expandir. Peor aún con aquellos que deje a medias, que los marqué en alguna página perdida de la historia y no volví a abrir. Porque me sucede con los libros lo mismo que con las películas, mis emociones están estrechamente relacionadas con las historias de las que necesito nutrirme en ese momento. Es por eso que un libro puede demorar de un mes a3 años en ser leído, indicador pues de mi temperamento volátil e inesperado. Hoy necesito la ironía de Woody Allen, mañana la desventura de Ribeyro, en una semana será el contexto social y la crítica mordaz de Galeano o la simplicidad de Benedetti. Y claro, cuando necesito demostrarme que hay gente aún más enrevesada, más caótica, donde mis vericuetos emocionales no son nada comparados con los suyos, acudo a Borges o Cortázar.

Me frustra no poder leer. Me frustra aún más porque a diferencia de aquel que teniendo tiempo carece de lectura, yo carezco de tiempo y abundo en parrafos, en autores, en historias. Me frustra además leer cosas que no necesito, documentos de clientes, estudios de mercado, conclusiones de focus groups, recibos de luz o de teléfono, encartes de supermercados. Lecturas despersonalizadas, inútiles, lecturas que no me llevan a nada. Lecturas que te impone el día a día. Que te impone el sistema de trabajo y de consumo. Lecturas envidiosas de mejores líneas. Lecturas que se visten de importantes y urgentes y como amantes celosas alejan a aquellas que con sutil elegancia esperan pacientes en las repisas. Empolvadas, arrumadas, postergadas.

Thursday, September 07, 2006

De vuelta a clases.

Un nuevo ciclo empezó. Nuevos chicos, nuevos impulsos, nuevas ganas.

Regresó de mi primera clase del IPP. Les digo algo que creo fervientemente : No trabajen para el premio trabajen para la marca. El premio es una consecuencia de tu trabajo, no un fin.

Acto seguido un alumno levanta la mano y dice ¿ Tú has ganado algún premio ? Uno que otro le digo, nada importante. Ahh...me responde.

Me puso a prueba. Quería saber si mi teoría partía de un cretino que nunca había ganado nada, un amargado que escondía su frustración en tal enunciado, o si realmente venía de un profesor probo y serio, involucrado profundamente con la enseñanza y que era incapaz de mezclar sus frustraciones personales con las aspiración del grupo que tenía adelante.

Yo frente a él trataba de no evidenciar lo que sucedía en mi interior. En el fondo le decía entiende una cosa : En esta profesión hay demasiado ego, demasiado talento en juego, demasiado glamour y demasiadas ganas de lucimiento. Te digo en el fondo que si te encanta crear, que si eso te moviliza, va a haber alguien haya afuera que a la primera que te ganes un premio te va a hecer creer que eres un genio intocable, un Dios dador de inspiración que la derrama a su paso. Y en realidad, eres un tipo que usa su talento para vender shampoos, cervezas o celulares, de manera genial si quieres, pero totalmente efímera.

Porque a tu padre le puedes preguntar cuantas veces vió El Padrino o lo que El Viento se llevo, pero se echará a reír cuando le digas cuántas veces viste ese maravilloso comercial de Nike.